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Himno del Carchi
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¡Salve!, heroica Provincia del Carchi.
Gloria a ti centinela norteña,
que levantas gallarda la Enseña,
de la Patria, en la linea inmortal.
Aquí, estamos los tuyos, tus hlios,
que por siempre queremos mirarte,
como vemos a nuestro Estandarte,
por el asta, subir y flotar.
¡Oh!, la tierra del Norte, las tierras,
donde empieza la muestra sagrada;
donde está la primera pulgada
de la herencia, que es nuestro solar.
¡Salve!, tú, que nos diste la sangre;
esa misma, por ti, seré tuya:
que se vierta gloriosa y refluya,
para verla, en el Iris brillar.
¡Cuánto has hecho y has dado a la Historia!,
como nadie, tal vez, donde quiera,
que tu mano llevó la Bandera
por la Patria, la Idea, el Hogar.
¡Gloria al pueblo carchense!, que sabe
de las armas volver al arado,
ser labriego y mañana soldado,
ciudadano en la Guerra y la Paz.
Nuestro padres vivieron con honra;
nuestras madres, soñaron, despiertas,
cuando vieron, por fin, que eran ciertas
las conquistas de la Libertad.
¡Oh!, Provincia admirable y fecunda,
milagrosa, vital, sorprendente;
cofre de oro, del fruto presente;
dulce tierra de todo sembrar.
¡Gloria a ti, por tus hondos anhelos!,
por tu claro pensar, por lo que eres;
tierna cuna de heroicas mujeres,
que han dejado su huella ejemplar.
Aquí, estamos nosotros, los tuyos,
los carchenses que alzamos, al viento,
nuestro grito de fe y juramento,
por tu gloria, en la Patria inmortal.
¡Salve!, tú, la Provincia maestra
del esfuerzo asociado, cuando haces,
sola y fuerte, en tus obras audaces,
un milagro de acción popular.
¡Ádelan te!, Provincia del Carchi,
tus Cantones te aclaman, fervientes,
y, en el pecho, tú misma los sientes
cómo se unen, a ti, mucho más...
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Carchi
Enormes "frailejones" rodean el
gran páramo de tierra fría,
complementado con lagunas y chorros que
refrescan toda la región, haciendo que
su gente temple su carácter con el recio
clima, sin dejar de ser alegres y
luchadores.
Bosque centenario de arrayanes, gruta de
estalactitas transformada en Santuario de
la Virgen de La Paz, parque de ciprés
con cien figuras en Tulcán, son otros
atractivos de importancia, rodeados por
su fértil tierra agrícola y ganadera,
que junto a su activo comercio fronterizo
con Colombia, mueven fuértemente su
economía.
Tulcán su capital y San Gabriel, son
ciudades que conservan su atractiva
arquitectura popular con calles
amontonadas por sus ventas y su activo
comercio semanal.
GRUTA DE LA PAZ: Desde la carretera
Panamericana, cerca a la población de La
Paz y tomando un pequeño desvío de unos
5 Kms. hacia el río Apaquí encontramos
una gruta natural llena de estalactitas
que se suspenden desde la parte superior
de la caverna, hoy transformada en gruta
que se venera a la Virgen de Rumichaca de
La Paz, manteniendo su estructura
original, alrededor de una pródiga
naturaleza que inspira paz.
ARTESANIAS: Sacos de lana, curtiembres de
cuero, tejidos de lana, talabartería.
Información turística
Un cuadrante, un
espacio de barro, similar al pueblo de
Israel, corresponde a la Provincia del
Carchi, pero con sus propios caracteres
climáticos de flora y de fauna que
imprimen su fuerza telúrica en el
ciudadano que habita en esta zona,
terreno propicio para la cultura y para
el arte en sus diversas manifestaciones.
Para llegar a ella, la carretera
panamericana, que es única desde Ibarra
hasta el valle del Chota, en este último
abre sus brazos bifurcándose en las vías
occidental (Mascarilla, Mira, San Isidro,
El Angel, Bolí var, San Gabriel, Tulcán)
y la oriental (El Juncal, Cunquer, Bolívar,
San Gabriel, Huaca, Julio An drade, Tulcán).
Partiendo desde Mascarilla por la vía
occidental hacia la capital de la
provincia (Tulcán), el turista tendrá
que llevar consigo el paisaje
sencillamente hermoso que se queda en la
retina, al mirar retrospectivamente la
provincia de Imbabura y ese lienzo
natural recostado sobre la margen
suroriental del Rio Chota, en cuyas
arenas se deslizan aún ritmos y
costumbres africanas, pero impulsadas ya
por sangre y vivencia ecuatoriana.
Ascendiendo por carretera de primer orden
y a diez minutos de Mascarilla existe un
mirador natural que aún no consta en
ninguna guía de la Dirección Nacional
de Turismo: La Portada, desde el cual se
domina y sin esfuerzo el valle del Chota,
con su espejo fraccionado, al esconderse
el río debajo de los juncos timbrados de
esperanza; se divisa además el Cayambe,
cono de nieve permanente; el Cotacachi e
Imbabura, a cuyas siluetas se escapan,
caen a veces sobre la espuma viajera de
sus lagos. En la Portada se multiplican a
diario los frutos de clima tropical,
matizados con jardines de cucardas,
arupos, urapanes, jacarandas y delgadas
buganvillas. A cinco minutos de la
población de Mira, asiento de la Comisión
Rural de Cultura de la Provincia, abre
sus puertas en febrero a turistas de
varias procedencias, por la amabilidad de
sus gentes, vistosidad de sus comparsas,
el desfile de bandas y costumbres
campesinas, desfile de la Chamarrasca y
el novillo de bomba, a más de los juegos
pirotécnicos y la devoción primigenia
del hombre mestizo hacia el Santo, cabeza
embriagadora de su pueblo.
Ascendiendo hacia el Norte, y a quince
minutos se llega a San Isidro, clima frío,
granero de la provincia, especialmente de
trigo y de cebada. A quince minutos y un
poco al Oeste, la ciudad de El Angel,
capital del Cantón Espejo; sus calles
empedradas, sus capillas centenarias, sus
balcones, de los que escapan geranios y
sonrisas sin nombre, hacen de ésta,
atractiva al turista que se queda sin
reparos en busca de descanso. El páramo
del Angel es sin duda un campamento
natural donde el frailejón y el pino
dominan la vegetación.
Quince minutos y al Nororiente, la
población de Bolívar, con menos altura
física que la anterior, constituye la
verdadera antepuerta del turismo
carchense, centrado en el balneario y
santuario de las Lajas de Rumichaca de la
Paz.
Si volvemos a la articulación mayor de
la vía oriental de la carretera
panamericana, y partiendo del Juncal,
población mestiza y morena de la
Provincia de Imbabura, cruzamos un puente
provisional sobre el Río Chota, el mismo
que conduce a la población antes
mencionada de Bolívar, sitio en el cual
confluyen los ramales oriental y
occidental de la carretera panamericana (Cantón
Montúfar); pero antes de hacerlo detengámonos
en una antigua hacienda, o mejor un
latifundio de Caldera, hoy en manos de
cooperativas agrícolas debidamente
organizadas por gentes de color, cuyo
vientre rasgado por el arado y dividido
por infinidad de zanjas y linderos
naturales, hacen de ella un costurero, en
cuyo lenguaje se esconden riachuelos y en
cuyas suturas crecen el tomate, aguacate,
caña de azúcar y tantos frutales que
han rescatado en parte la premura económica
de las gentes esclavas física y
espiritualmente en tiempo de la conquista.
Desde Bolívar, avanzamos a la población
de la Paz y desde ella, por camino
escabroso a la Gruta de Rumichaca, desafío
permanente para la pintura y escultura
surrealistas; las estalactitas y
estalacmitas hacen esfuerzo por escaparse
de los riscos y embarcarse en las aguas
del Río Apaquí, remanso y cascada de
distancias. Un pequeño hotel,
administrado por monjas misioneras, da
albergue al turista, desde cuyas ventanas
mira quebrarse, a la columna de los Andes.
Desde
La Paz, diez minutos a San Gabriel,
pasando por pequeños caseríos, que como
el Capulí han sido los grandes
responsables para que el Carchi en lo
deportivo sea cuna de campeones en la
rama del ciclismo nacional e
internacional.
San Gabriel, ciudad heroína, dueña y señora
en el Procerato del Trabajo, es una de
las pocas que en la sierra ecuatoriana
conserva el mensaje español de sus
fachadas, sus calles, la gracia
estrictamente femenina de sus hijas y el
músculo en tensión de sus varones; la
plástica y la música se reflejan en
residencias y pequeños hoteles, permiten
al turista compartir el ancestro especialísimo
del montufareño y salir desde allí a la
laguna del Salado y los bosques de Arrayán.
De San Gabriel a Tulcán, treinta minutos
pasando periféricamente por las
parroquias de Huaca y Julio Andrade,
emporios agropecuarios que han progresado
en el tiempo. Desde el cruce de
cordillera (Nudo de Bolinche) y a diez
minutos de la capital provincial (Tulcán),
se divisa una sabana verde-azulada, de
cuyo surco central se desprenden geométricamente
las calles de la ciudad.
Pensiones y hoteles de primera clase
permiten el alojamiento a turistas
flotantes, ecuatorianos y colombianos. Su
cielo parece un desafío a la verde
clorofila de sus campos, pues por él
desfilan núbes verdes que atraparon hábilmente
al iris y a la pluma de Montalvo. Desde
cualquier ángulo de la ciudad y hasta
cuando el sol se rinde, tenemos a
Occidente el Cumbal y el Chiles, capricho
arrugado de los Andes, guardianes celosos
que compiten a diario su aliento con
quemantes fumarolas.
Parques, iglesias que se incendian al
iniciar la noche con focos y grito de
campanas, tribunas al aire libre
dispuestas siempre a escuchar el grito
universal de la palabra; ésto y mucho más
hacen de Tulcán una capital cultural. El
núcleo de Carchi de la Casa de la
Cultura Ecuatoriana y el Grupo Caminos de
Tulcán, injertados al labio mayor de un
grupo de poetas, hacen de este barrio la
tierra buena.
La arquitectura en verde, descanso final
de los humanos, hacen del cementerio de
Tulcán no el sitio destinado para el
llanto, sino mejor un museo infinito del
silencio, fraccionado en jardines y
tallados cipreses que a tiempo envidiaron
palacios y avenidas orientales.
De Tulcán a Chapués por caminos
vecinales, para mirar la espiga,
desafiando la gavilla y sobre todo para
alcanzar con las plantas una de las
piedras pintadas en cuyas aristas se
deslizó la historia, archivando por
siempre el color y el lenguaje quemados
por el sol de lo aborigen.
Al
Occidente, el Río Bobo, alargando raíces
para abrazar al río de frontera, el
Carchi, en cuyas aguas humedeció sus
manos el Cervantes de América y en cuya
arena quedó parte del insomnio al
escribir sus obras exentas de la angustia
en el exilio. Al pie del Chiles la tierra
se escapa a bocanadas, furiosa, hirviente,
con sus aguas termales.
De Tulcán hacia el Norte, por la
carretera panamericana y a escasos diez
minutos, el puente de piedra, Rumichaca,
signo de frontera con Colombia. En el
centro imaginario del puente fronterizo,
Bolívar, el padre de la Gran Colombia,
dijo: «Para nosotros la Patria es la América.»
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